Es posible que una de las figuras que más haya seducido la imaginación humana sea las de las hadas, mágicos seres pertenecientes a una raza dueña de poderes maravillosos que, de tarde en tarde, sienten debilidad por los humanos y salen de sus deliciosas moradas para conquistar al afortunado mortal que ha conseguido encender su pasión.
Pero, es necesario, antes de nada, hacer una distinción y una aclaración iniciales. En estos tiempos que han olvidado tantas cosas, nos hemos acostumbrado a pensar en las hadas como en figuras maravillosamente bellas pero prácticamente intocables que aparecen en los cuentos infantiles, con una varita que condensa sus poderes, para ayudar a los protagonistas a salir de situaciones difíciles y se convierten en la madrina que encauza su camino. Sin embargo, no siempre fue así, durante la Edad Media, en relatos que no tienen nada de infantiles las hadas se dejaron ver con características muchísimo más complicadas y en circunstancias menos claras. Las hadas medievales –de cualquiera de los dos sexos–, destino y pasión, fertilidad y muerte, aunque sean madrinas casi siempre son también amantes.
I. Las hadas, esos ambiguos seres que tienen poderes sobrenaturales y pueden modificar el destino de los humanos, construyen con su presencia la atmósfera feérica, el clima maravilloso, nebuloso y vago de la maravilla plena.
En rigor, las hadas son seres de naturaleza muy superior a la humana. Hubo teorías que consideraron a esta raza como el punto intermedio entre los hombres, terrestres y groseros, y las entidades divinas, sublimes y etéreas. Las hadas serían, pues, seres que mantienen rasgos de estas dos naturalezas contrarias que comparten; creaturas aéreas y caprichosas sin necesidades morales ni físicas, pero siempre indecisas, a medio camino entre una y otra naturaleza. Las hadas son mensajeros del Otro Mundo, tienen relación con las moiras, parcas o nornas, pero también con esos espíritus libres que poblaban las fuentes y los árboles.
Pueden ser una evolución de las figuras clásicas de la hiladora del destino y de la de las ninfas y ondinas, creaturas encantadoras que podían otorgar su amor a los mortales. Sus poderes no son mágicos, estos seres no necesitan tener “el don de la profecía” o haber aprendido a “hacer hechizos”, su naturaleza conlleva la posibilidad de realizar prodigios, ver más allá del presente e incluso modificar ese futuro que se les revela; las suyas no son cualidades aprendidas ni aprehendibles, sus poderes no son un don, les son inherentes.
Es posible rastrear sus orígenes en ninfas y semidiosas de la mitología clásica, si bien su nombre se deriva de de las parcas pareciera que tienen poco en común con estas viejas hiladoras del destino humano, más cercanas a las hadas madrinas de relatos posteriores. Las predecesores clásicas de las hadas amantes pueden ser, pues, ninfas y driadas, espíritus elementales y genios comarcales que poblaban bosques y fuentes y otorgaban con prodigalidad sus favores a quien lo solicitaba. Pues, evanescentes, pero seductoras siempre, las hadas de tarde en tarde sienten debilidad por los humanos y salen, entonces, mortales, ¡temed!
II, El tabú
Las hadas amantes se presentan numerosas, ambivalentes y a veces anónimas. Asoman a la menor provocación en textos en los que jamás aceptan el nombre de hadas; delatan su filiación feérica en relatos que parecen haber olvidado anunciar que la acción se desarrollaba en el Otro Mundo. Aparecen de mil maneras, con mil nombres ─o sin nombre─ pueden verse en Isoberta o Melusina, sean sólo una mujer de las aguas, la anónima amiga de Lanval o bien la famosísima Morgana; sea la dama Laudine ─jamás llamada hada─ o la Doncella de las Blancas manos, hada de la Isla de oro, en El bello desconocido, siempre aparece, siempre se entreve un hada. Se le puede intuir en Iseo o saludar sin duda en Madoine, la amiga de Laris, en Claris y Laris.
De entre estas historias, destaca la que cuenta el Roman de Partonopeu de Blois: el bello y joven Partonopeu, se pierde en la foresta de Ardenas, ahí encuentra un extraño navío que lo conduce hasta un castillo en el que, sin que logre ver a nadie, es atendido solícitamente. Al caer la noche, el joven encuentra una hermosa cámara y se dispone a dormir sobre un rico lecho; no bien se ha acostado cuando siente la entrada de otra persona. La recién llegada se revela ─a la par al protagonista y al lector─ como Melior, emperatriz de Bizancio y dueña de grandes poderes, y confiesa al joven que lo ha buscado para que sea su esposo; tras una detallada escena de seducción, la emperatriz concede su amor a Partonopeu a cambio de respetar un tabú: su amigo no debe intentar verla jamás, a cambio, al cabo de dos años y medio, ambos podrán casarse.
Este que es el arreglo perfecto: él amante tiene riquezas y amor, a cambio sólo debe confiar. En medio de delicias y riquezas transcurre cierto tiempo, hasta que un día Partonopeu regresa a su casa y su madre lo convence de lo anómalo de su relación y de la necesidad de romper su promesa y ver a su amiga, para cerciorarse de su naturaleza humana.
Cuando Partonopeu regresa a Chef d'Oire, el castillo encantado que comparte con Melior, lo hace con una linterna. La misma noche de su retorno, el joven descubre a la luz de la linterna la belleza de Melior, pero en su emoción deja caer una gota de aceite sobre su pecho. La emperatriz se despierta y, al descubrir la ruptura del tabú, desesperada intenta hacer matar a su amante. Ayudado por las súplicas de Urracla, hermana de Melior, Partonopeu consigue que la emperatriz no lo mande asesinar, sino que únicamente lo expulse de su reino. ¿Por qué, si lo único que hacía falta era callar, nadie es capaz de hacerlo?
III. Mucho se habla sobre los encantos amatorios de las hadas. Pero este encanto puede tener sus bemoles. Las hadas viven normalmente en mundos en los cuales los mortales no pueden permanecer sin sufrir cambio alguno, normalmente son víctimas de sus artes. Las hadas se presentas así ambivalentes. Madoine, la amiga de Laris (protagonista del Roman de Claris et Laris), es un buen ejemplo de las transformaciones y ambivalencias de las hadas; es, además de una amante insaciable a la que el caballero llega a temer, caprichosa, desmesurada y obsesiva. Hada, destino al fin, Madoine se niega a permitir que su amigo se aleje, lo persigue y usa todo método a su alcance para atraerlo a sus dominios y a sus brazos. Finalmente Laris, cansado de su persecución, le expone sus razones y quejas para no volver con ella:
Dame, fet il, en grant chalor
Est vostre cors, bien le savez!
Bien sai que pou de honte avez
Quant a force volez amer;
Touz le monz vous en doit blaumer;
Ainc fame ne fist tel outrage
Ne tel orgueil ne tel folage,
Con d'amer home maugré soi;
Pou doute hontage de soi
Qu'a force velt les genz avoir,
Ainc mes n'avint, gel sai de voir
Que femme el mont home preist
Pour seul itant qu'il li feïst,
Fors vous, dame, qui pris (m'avez)
Par coz engins que vos savez.
(Claris et Laris, vv. 8432-8446)
Así Laris, como algunos otros amantes de hadas, se encuentra ante la terrible realidad de que su amiga sobrenatural es demasiado fogosa para él, demasiado posesiva y poderosa. Sin embargo, logra desembarazarse de ella y se casa con una dama mortal, Mariana, justo del mismo modo en que Guinglain, en El Bello Desconocido abandona al hada de la Isla de Oro para contraer matrimonio con Blonde Esmerée. Estos amores feéricos no pueden sobrevivir en la coti¬dianeidad de la corte, es necesario que permanezcan en su atmósfera natural para poder florecer. Es por eso que Madoine hace lo que las protagonistas de los lais, atrae a Laris de regreso al bosque, pues es ahí donde su poder y su fascinación pueden atraparlo de nuevo; de la misma forma en que Niniene acabó por capturar a Merlín o Laudine completó su conquista de Ivain.
Pero, es necesario, antes de nada, hacer una distinción y una aclaración iniciales. En estos tiempos que han olvidado tantas cosas, nos hemos acostumbrado a pensar en las hadas como en figuras maravillosamente bellas pero prácticamente intocables que aparecen en los cuentos infantiles, con una varita que condensa sus poderes, para ayudar a los protagonistas a salir de situaciones difíciles y se convierten en la madrina que encauza su camino. Sin embargo, no siempre fue así, durante la Edad Media, en relatos que no tienen nada de infantiles las hadas se dejaron ver con características muchísimo más complicadas y en circunstancias menos claras. Las hadas medievales –de cualquiera de los dos sexos–, destino y pasión, fertilidad y muerte, aunque sean madrinas casi siempre son también amantes.
I. Las hadas, esos ambiguos seres que tienen poderes sobrenaturales y pueden modificar el destino de los humanos, construyen con su presencia la atmósfera feérica, el clima maravilloso, nebuloso y vago de la maravilla plena.
En rigor, las hadas son seres de naturaleza muy superior a la humana. Hubo teorías que consideraron a esta raza como el punto intermedio entre los hombres, terrestres y groseros, y las entidades divinas, sublimes y etéreas. Las hadas serían, pues, seres que mantienen rasgos de estas dos naturalezas contrarias que comparten; creaturas aéreas y caprichosas sin necesidades morales ni físicas, pero siempre indecisas, a medio camino entre una y otra naturaleza. Las hadas son mensajeros del Otro Mundo, tienen relación con las moiras, parcas o nornas, pero también con esos espíritus libres que poblaban las fuentes y los árboles.
Pueden ser una evolución de las figuras clásicas de la hiladora del destino y de la de las ninfas y ondinas, creaturas encantadoras que podían otorgar su amor a los mortales. Sus poderes no son mágicos, estos seres no necesitan tener “el don de la profecía” o haber aprendido a “hacer hechizos”, su naturaleza conlleva la posibilidad de realizar prodigios, ver más allá del presente e incluso modificar ese futuro que se les revela; las suyas no son cualidades aprendidas ni aprehendibles, sus poderes no son un don, les son inherentes.
Es posible rastrear sus orígenes en ninfas y semidiosas de la mitología clásica, si bien su nombre se deriva de de las parcas pareciera que tienen poco en común con estas viejas hiladoras del destino humano, más cercanas a las hadas madrinas de relatos posteriores. Las predecesores clásicas de las hadas amantes pueden ser, pues, ninfas y driadas, espíritus elementales y genios comarcales que poblaban bosques y fuentes y otorgaban con prodigalidad sus favores a quien lo solicitaba. Pues, evanescentes, pero seductoras siempre, las hadas de tarde en tarde sienten debilidad por los humanos y salen, entonces, mortales, ¡temed!
II, El tabú
Las hadas amantes se presentan numerosas, ambivalentes y a veces anónimas. Asoman a la menor provocación en textos en los que jamás aceptan el nombre de hadas; delatan su filiación feérica en relatos que parecen haber olvidado anunciar que la acción se desarrollaba en el Otro Mundo. Aparecen de mil maneras, con mil nombres ─o sin nombre─ pueden verse en Isoberta o Melusina, sean sólo una mujer de las aguas, la anónima amiga de Lanval o bien la famosísima Morgana; sea la dama Laudine ─jamás llamada hada─ o la Doncella de las Blancas manos, hada de la Isla de oro, en El bello desconocido, siempre aparece, siempre se entreve un hada. Se le puede intuir en Iseo o saludar sin duda en Madoine, la amiga de Laris, en Claris y Laris.
De entre estas historias, destaca la que cuenta el Roman de Partonopeu de Blois: el bello y joven Partonopeu, se pierde en la foresta de Ardenas, ahí encuentra un extraño navío que lo conduce hasta un castillo en el que, sin que logre ver a nadie, es atendido solícitamente. Al caer la noche, el joven encuentra una hermosa cámara y se dispone a dormir sobre un rico lecho; no bien se ha acostado cuando siente la entrada de otra persona. La recién llegada se revela ─a la par al protagonista y al lector─ como Melior, emperatriz de Bizancio y dueña de grandes poderes, y confiesa al joven que lo ha buscado para que sea su esposo; tras una detallada escena de seducción, la emperatriz concede su amor a Partonopeu a cambio de respetar un tabú: su amigo no debe intentar verla jamás, a cambio, al cabo de dos años y medio, ambos podrán casarse.
Este que es el arreglo perfecto: él amante tiene riquezas y amor, a cambio sólo debe confiar. En medio de delicias y riquezas transcurre cierto tiempo, hasta que un día Partonopeu regresa a su casa y su madre lo convence de lo anómalo de su relación y de la necesidad de romper su promesa y ver a su amiga, para cerciorarse de su naturaleza humana.
Cuando Partonopeu regresa a Chef d'Oire, el castillo encantado que comparte con Melior, lo hace con una linterna. La misma noche de su retorno, el joven descubre a la luz de la linterna la belleza de Melior, pero en su emoción deja caer una gota de aceite sobre su pecho. La emperatriz se despierta y, al descubrir la ruptura del tabú, desesperada intenta hacer matar a su amante. Ayudado por las súplicas de Urracla, hermana de Melior, Partonopeu consigue que la emperatriz no lo mande asesinar, sino que únicamente lo expulse de su reino. ¿Por qué, si lo único que hacía falta era callar, nadie es capaz de hacerlo?
III. Mucho se habla sobre los encantos amatorios de las hadas. Pero este encanto puede tener sus bemoles. Las hadas viven normalmente en mundos en los cuales los mortales no pueden permanecer sin sufrir cambio alguno, normalmente son víctimas de sus artes. Las hadas se presentas así ambivalentes. Madoine, la amiga de Laris (protagonista del Roman de Claris et Laris), es un buen ejemplo de las transformaciones y ambivalencias de las hadas; es, además de una amante insaciable a la que el caballero llega a temer, caprichosa, desmesurada y obsesiva. Hada, destino al fin, Madoine se niega a permitir que su amigo se aleje, lo persigue y usa todo método a su alcance para atraerlo a sus dominios y a sus brazos. Finalmente Laris, cansado de su persecución, le expone sus razones y quejas para no volver con ella:
Dame, fet il, en grant chalor
Est vostre cors, bien le savez!
Bien sai que pou de honte avez
Quant a force volez amer;
Touz le monz vous en doit blaumer;
Ainc fame ne fist tel outrage
Ne tel orgueil ne tel folage,
Con d'amer home maugré soi;
Pou doute hontage de soi
Qu'a force velt les genz avoir,
Ainc mes n'avint, gel sai de voir
Que femme el mont home preist
Pour seul itant qu'il li feïst,
Fors vous, dame, qui pris (m'avez)
Par coz engins que vos savez.
(Claris et Laris, vv. 8432-8446)
Así Laris, como algunos otros amantes de hadas, se encuentra ante la terrible realidad de que su amiga sobrenatural es demasiado fogosa para él, demasiado posesiva y poderosa. Sin embargo, logra desembarazarse de ella y se casa con una dama mortal, Mariana, justo del mismo modo en que Guinglain, en El Bello Desconocido abandona al hada de la Isla de Oro para contraer matrimonio con Blonde Esmerée. Estos amores feéricos no pueden sobrevivir en la coti¬dianeidad de la corte, es necesario que permanezcan en su atmósfera natural para poder florecer. Es por eso que Madoine hace lo que las protagonistas de los lais, atrae a Laris de regreso al bosque, pues es ahí donde su poder y su fascinación pueden atraparlo de nuevo; de la misma forma en que Niniene acabó por capturar a Merlín o Laudine completó su conquista de Ivain.



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